Ahora que el sonido de los arcabuces atruena en las calles de la ciudad y el olor a pólvora está en el aire por unas fiestas cuyo origen se remonta al siglo XVII, se presenta una ocasión única para leer la historia que este territorio ha albergado desde los primeros grupos humanos y que los yeclanos han sabido rescatar para enriquecer su patrimonio. Así que, si deciden disfrutar de estos días especiales que se viven hasta el 11 de diciembre en la ciudad, no dejen de hacer un alto en el camino para escuchar los ecos del pasado en el apasionante recorrido que les propone el Museo Arqueológico Cayetano de Mergelina de Yecla (MaYe), pequeño pero con esencia.

El MaYe está en la Casa de Cultura y el recorrido por la línea vital de este pueblo se remonta a los primeros habitantes. Desde la puerta, impresiona el petroglifo que se encontró a principios de los 80. Un imponente monumento ritual con grabaciones singulares y muy espectaculares, seguramente para atraer la lluvia o la fertilidad en una zona en la que el paso del ganado se constata desde dos milenios a. C. El yacimiento que cataliza la prehistoria es Cantos de Visera II, en las inmediaciones del mágico Monte Arabí, un panel que aglutina más de 70 figuras con todo el abanico de estilos rupestres representados, el único en la península. Eminentemente pedagógico, su discurso se ha esforzado por explicar «con meridiana claridad la prehistoria, algo complicado ya que hay que hacerlo a partir de las herramientas rescatadas». Sin embargo, a lo largo de sus primeras salas comprenderán cómo vivían estos grupos humanos, establecidos sobre cerros de visibilidad estratégica, o cómo transformaban las materias primas. Estamos en los albores de la organización social, del paso de sociedades nómadas y recolectoras a productoras de alimento. Es lo que cuentan los objetos muebles de las excavaciones: los varios cientos de molederas halladas en un yacimiento de 10 o 12 cabañas hablan de un pueblo especializado en su fabricación y de un incipiente comercio de trueque; también de un colectivo que, hace 4.000 años, ya dominaba la metalurgia y fabricaba herramientas de bronce: hay hachas, moldes de piedra para hacer puntas de flecha, recipientes cerámicos para el almacenaje... Avances tecnológicos que conviven con útiles básicos como punzones y agujas de hueso o raederas de piedra y otras herramientas líticas. También, de las pinturas rupestres, se deduce que los animales más comunes pudieron ser caballos, toros y ciervos, y la presencia de un ave zancuda, quizá una grulla, da pistas de la existencia de agua en ese paraje.

Una sala audiovisual, en la que los domingos hacen talleres para las familias y el sonido distorsionado de una manada de toros es la banda sonora, deja paso a la historia. En este segundo sector del museo, recibe al visitante el gabinete de ciencias naturales de las Escuelas Pías, con sus figuras relevantes General Cabanellas o Carlos Lasalde. Cuando se marchan los escolapios de la ciudad, ceden su abundante colección a la Casa de Cultura. Es la más antigua de España, germen del museo en 1983 y punto de partida de las excavaciones («desde entonces no hemos dejado de excavar», presume Liborio con razón), es la colección de exvotos ibéricos del s. II-I a. C., encontrados en 1870 en el cerro de los Santos, la segunda en importancia, junto con la de Albacete y tras la del Arqueológico Nacional, que también se nutrió de Yecla. Además, en este área encontrarán la pieza más viajera, el torso de un guerrero del s. IV-III a. C., que se ha llevado a 50 exposiciones. Y, como final apoteósico, la dama acéfala y la réplica de la gran dama oferente, cuyo original se exhibe en Madrid.

Unas escaleras les separan de Roma, con su estrella presidiendo el triclinio romano: el emperador Adriano, al que ya han pasado a ver 20.000 personas. En Los Torrejones se focaliza este periodo, del que se exhibe un impresionante mosaico (s. IV) desenterrado en 1957, tres lienzos de estuco que decoraban el interior de la vivienda y que han reconstruido tras dos campañas recogiendo fragmentos. Aves zancudas pintadas al detalle y retratos del dómine y la dómina, columnas de mármol traído de Turquía o bajorrelieves tallados en mármol serpentina verde de Alejandría. Todos estos lujos, como un busto y cabeza femenina de Viria que apareció en 2014 pero aún no se ha expuesto al público («se lo trajo de Paros, uno de los mármoles más preciados en el imperio», detalla Ruiz), cuentan la preeminencia del todavía desconocido señor de la villa, al que su esposa Viria dedica una lápida y que parece estar cercano al poder político del emperador. «Sabemos que ostenta dos cargos: duoviro, administrador de un territorio municipal, y flamen augustal, sacerdote que se encarga de mantener el culto al emperador, además de ser su consejero». Una información que, tras 30 años de excavación, apunta la posibilidad de que sea parte de una ciudad, aún misteriosa, que podría ser la Egelasta que cita Plinio el Viejo. «Ya hay 3.000 metros cuadrados de Los Torrejones definidos y solo es la parte central del edificio», avanza Ruiz.

Tras este lujoso paseo por el imperio romano, un interactivo sobre Yecla da paso a Hins Yakka, el yacimiento islámico del cerro del Castillo, gracias al que los investigadores tienen un muestrario de todos los útiles de un ajuar doméstico del periodo almohade y tardoalmohade. Apareció bajo el suelo de la casa 5 y tiene 41 piezas. Especialmente curiosa y útil fue la información que aportó la excavación de un basurero, un verano entero del que, junto a mangos de rueca y hasta cáscaras de huevo, se supo muchísimo de su vida cotidiana.

Ya pueden dejar de abrir los ojos de par en par y, si aún se han quedado con curiosidad, apuntarse a alguna de las rutas guiadas para conocer 'in situ' las peculiaridades de los enclaves que tanta luz han arrojado sobre el pasado yeclano.

Cuenta orgulloso Liborio Ruiz, director del MaYe y al frente de la actividad arqueológica municipal, que «el descubrimiento de la cabeza del emperador Adriano, esculpida en mármol de Carrara en un taller imperial del siglo II, ha cuadruplicado las visitas en dos años» y eso que lo inauguró la Reina Sofía en 2012. No obstante, el actual discurso expositivo del museo, que empieza su relato cuatro milenios antes de Cristo con el petroglifo estrellado de Las Tobarrillas y concluye en el periodo islámico, con un guiño a la historia relativamente reciente del edificio que lo alberga (sus bodegas del s. XVIII y XIX), tiene activos que lo diferencian del resto de museos, además de valiosísimos tesoros sacados del subsuelo: «Cada época está asociada a un importante enclave coetáneo», destaca Ruiz, que se pueden visitar en las rutas guiadas que programa el museo.


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